Lo que no puedo decir pero puedo escribir

Para Carlos, Lorena y Carmen María, que no me dejan huir de mis propias palabras. 

Era una muestra de la Cineteca Nacional, un ciclo con las mejores películas extranjeras del año o algo así. El grupo que asistía a las funciones era más o menos el mismo. Cabía en una sala todo el público cinéfilo/ farol de la ciudad.  Éramos casi todos amigos, conocidos, amigos de amigos, papás de conocidos.  Fue en ese ciclo, me parece, en el que vi una de mis películas favoritas: 4 meses, 3 semanas  y 2 días.  Pienso mucho en ella y en cómo afectó mis opiniones acerca de varios temas, pero no recuerdo mucho más de las circunstancias en las que la vi. Sé con quién fui, pero eso es fácil, porque en esas épocas sólo iba al cine con mi ex novio (que en ese momento era mi novio, no voy por la vida viendo películas con ex novios).


En fin, el caso es que mi experiencia cinematográfica más vívida, la que logra colarse entre pensamientos diarios, entre decidir qué comer y recordar la fiesta de ayer, fue durante esa muestra. La película es X X Y, de la argentina Lucía Puenzo.  Creo recordar que llegamos tarde, escogimos nuestros lugares en la oscuridad y no pudimos pasar lista de los asistentes. La acción transcurre en un pequeño pueblo pesquero sudamericano, no muy distinto a cualquier pueblo pesquero de cualquier parte. La recuerdo como una película azul en todos los sentidos: por el mar frío al que nunca nadie se mete, por la fotografía ligeramente azulada y sobre expuesta (no he vuelto a verla, probablemente no es así para nada. Pero lo que importa es cómo la recuerdo) y por el general sentimiento de melancolía de toda la historia.

Y ya que hablamos de la historia, la trama es básicamente esta: Hay una chica que es hermafrodita. Sus padres decidieron vivir en aquel azul pueblo para evitarle la atención que traería este hecho en Buenos Aires. El papá es biólogo marino. La chica no está muy segura de querer ser chica, ha dejado de tomarse las hormonas y confesó su secreto a su mejor amigo, quién ha compartido el chisme con los otros jóvenes del pueblo. La mamá invita a un doctor con su familia (esposa e hijo) a pasar un tiempo en el pueblo. Más tarde nos enteramos de que el doctor podría operar a Alex.

Parece complicado, pero no lo es. X X Y es lenta y triste, como cualquier temporada junto a un mar demasiado frío como para meterse. Los personajes van construyendo sus relaciones poco a poco, los conflictos salen a relucir silenciosamente. Muchas escenas están cosidas a mi memoria, pero es más bien el sentimiento de apachurramiento de corazón el que no se me escapa. Estuve hora y media conteniendo la respiración, sintiendo el peso de cada una de las situaciones en la pantalla como si me sucedieran a mí o a mis seres más queridos.

Porque no es una película acerca de ser hermafrodita, es acerca de identidad. ¿Qué tanto de nosotros es genética o herencia, qué tanto es cómo nos construimos a nosotros mismos? Y cómo podemos amar a la gente por lo que es y no por cómo deseamos que sean.  El momento que me hizo llorar no fue la poderosa y conmovedora escena de ataque sexual, sino una escena más simple, con personajes secundarios.

El doctor y su hijo están sentados en la arena de noche, abrigados y silenciosos, los dos miran hacia adelante. El hijo pregunta, simplemente: “papá, ¿crees que tengo talento” . El padre voltea y lo mira a los ojos. El tiempo se detiene. Contesta un simple “no” que todavía tiene eco en mi cabeza. No hay excusas, no hay peros ni llantos. Padre e hijo han dicho lo que tienen que decir y no queda más.

Para ser alguien que odia llorar en el cine, lloro mucho en el cine. Esa vez, como tantas, intenté contenerme pero seguí derramando lágrimas silenciosas. Para el final de la película, nadie ha alcanzado la felicidad, pero sí una especie de serenidad cautelosa. Como todo buen filme sobre crecer, termina con despedidas y aviones que despegan.

Entonces se prendieron las luces de la sala y me vi rodeada de gente. Las mismas personas que vi como camaradas durante las otras películas me parecían ahora intrusas que me impedían hacer la transición de un pueblito en una costa donde vivía una niña/niño a una ciudad pequeña donde vivíamos yo y mis problemas provincianos. No quería voltear a ver a mi novio, no quería tener la conversación te-gustó-qué-piensas-del-guión-las-actuaciones-la-fotografía. Sentía, no tengo idea de por qué sentía esto, que acababa de sentarme con decenas de extraños y permitirles ver adentro de mi cabeza y ahora todos me observaban, ahora todos sabían de mis miedos y mis confusiones y mis inseguridades.

Estoy segura de que hay cientos de películas donde se  retratan miedos, confusiones e inseguridades parecidos a los míos y todavía no sé bien por qué decidí identificarme con una acerca de hermafroditas y adolescentes confundidos con su sexualidad. Probablemente fue la sutileza con la que se plantean las cuestiones morales, o aquella playa fría o tal vez había pasado algo importante que ya no recuerdo justo antes de entrar a la sala y le estoy dando más valor del que debería a una simple película.

Cuando lloro toda mi cara queda roja y es imposible disimular. Estoy segura de que J no dijo nada al respecto, había aprendido a dejarme sola con mis sentimientos difíciles de explicar. Además, saludó a una amiga suya. Una que no me caía bien, aunque no hubiera hecho nada que pudiera molestarme. Yo sabía que este era otro de esos sentimientos difíciles de explicar, que lo que yo pensara de ella tenía todo que ver conmigo y nada que ver con ella y que lograr equilibrar toda esta maraña era demasiado para mí en ese momento, con la cara roja y la mitad de la conciencia todavía dentro del mundo de la película.

Así que me paré sin decir nada, uniéndome a la masa de gente anónima que se iba de la sala (después supe que entre ellos estaba una amiga mía, con quién tal vez sí hubiera querido hablar, aunque muy probablemente también hubiera ignorado) y esperé a que J saliera. Cuando lo hizo, estaba ligeramente molesto por mi huida, pero mi cara todavía roja lo convenció de que era mejor no decir nada. Tal vez me llevó a mi casa, o tal vez fuimos a comer o a pasear. No hablamos de X XY nunca más.

Uno o dos años después, yo ya no tenía novio y ya casi nunca iba al cine, pero trabajaba como periodista cultural. Me enteré de que venía un director de cine a dar una plática a mi universidad y pedí cubrir la nota, pero resultó que ya estaba asignada a alguien más. Aún así, investigué sobre Luis Puenzo y su trayectoria. Resulta que ganó un Oscar a película extranjera por La historia oficial y que parte de su gira meridana era presentar la película en el Teatro Mérida. No sé si para este momento yo ya había hecho la conexión de Luis como papá de Lucía, pero convencí a mi mamá para que me acompañara a verla.

La historia oficial es una historia impactante sobre la dictadura argentina y su repercusión en la vida diaria de los ciudadanos. También contuve la respiración todo el tiempo y probablemente también lloré un poco. Y sí, pienso en ella de vez en cuando, en especial en una escena clímax. No recuerdo muy bien de qué habló el director, pero sí que en el momento me pareció ameno y muy interesante.

Al día siguiente fue su plática en la Universidad Modelo. Ahí el tema eran las adaptaciones de literatura a cine (él escribió el guión de Gringo Viejo, una película de Jane Fonda basada en el libro de Carlos Fuentes) y abordó también la importancia de usar nuevas tecnologías. Pensé que trabajar en cine en Argentina sonaba mucho más fácil y moderno que hacerlo en México, como los argentinos hacen sonar todo lo que sucede en Argentina, pero sobre todo me maravillé de estar escuchando al papá de Lucía Puenzo.

La experiencia de ver X X Y se había vuelto algo tan importante para mí, que conocer a su directora se me hacía tan improbable como conocer a Roald Dahl o a Paul McCartney. Pero ahí estaba Luis, hablando de cómo su hija adaptó su propio libro para convertirlo en el guión de su siguiente película de la misma manera en la que recordaba conversaciones con Jane Fonda. Tener un grado de separación con Lucía me parecía casi igual de fantástico que conocerla en persona.

Aunque, ahora que lo pienso, no sé qué hubiera podido decirle a Lucía sobre su película: que me conmovió como ninguna otra, que de alguna manera mi reacción al terminar de verla acabó siendo una predicción sobre el final de mi relación con J , que mi relación mi madre regresa siempre a esa pregunta sobre tener talento. Simple y claramente, no hubiera podido decirle todo esto.

Cuando me preguntan cuál es mi película favorita, digo que es 4 meses…, nunca menciono X X Y , porque sé que es extraordinaria sólo para mí, que explicar mis razones tomaría demasiado tiempo y acabaría diciendo más acerca de mí misma que sobre la película, porque ya no encuentro una manera de separar las dos cosas. Tampoco he vuelto a verla, en parte porque no creo que sea muy fácil de conseguir y en parte porque pueden pasar dos cosas: o vuelvo a sentir la desolación de la primera vez, o me doy cuenta de su mediocridad y no siento nada. Ninguno de estos escenarios me parece atractivo.